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Libro: SEÑAL DE FAX

Páginas: 60

Ilustraciones: A 1 COLOR

Medidas(cm.): 28 X 22 X 0.8

Peso: 345 GR.

Precio U$S: 20

 

Once cuentos con una cuota de fábulas y leyendas surgidos de las pausas en la pintura de Carlos Páez Vilaró. Ediciones Casapueblo, 1997.

"Animal de costumbre y fiel a mi tradición de ganarle horas al día, mis levantadas se producen paralelas a la salida del sol. Cuando mi cabeza de despega de la almohada y mis ojos se abren apuntando al ventanal del cuarto, el primer resplandor que recibo es la voz del sol que en ese momento también se libera del paisaje y emerge como un globo de fuego para continuar cumpliendo su misión de iluminar la vida…Espontáneamente, llevado por un deseo por un deseo inexplicable, me sentí tentado a poner mis manos sobre la máquina de escribir para dejarlas teclear libremente, realizando un viaje sin rumbo por la superficie del papel… Como esto rompió mi rutina habitual de pintor, hago de cuenta que recibí once mensajes que alguien me envió sin firma y que me sentí seducido a traducir. Que no hice otra cosa que apretar la tecla colorada cuando una voz desconocida me pidió señal de fax."

Carlos Páez Vilaró

 

"EL ABRAZO DE DOS ISLAS"

Si algo resultaba imposible, era la construcción de un puente entre aquellas dos islas. Separadas por una distancia de diez millas. Dandalunda y Janaina, eran dentro de la inmensa geografía, los dos únicos puntos habitados apenas por una sola persona en cada una de ellas.

A su alrededor, sólo el espacio infinito.

Según la leyenda heredada de viejos pescadores, Janaina y Dandalunda, fueron nombradas así, por la propia Jemanjá- reina de las aguas- que cansada de su propio nombre, quiso partirlo en dos.

En Dandalunda, Anahí, una bellísima joven de rasgos eurasianos era la única habitante. En Janaina en cambio, lo era un joven rubio de aspecto nórdico que viviendo en aquel mundo de si8lencio, se reconocía como Askar, nombre que llevaba tatuado en su brazo derecho.

Nunca se supo ni se sabrá cómo Anahí y Askar nacieron, crecieron y se desenvolvieron dentro de la soledad y crudeza que caracterizaba la vida de sus islas. Tampoco cómo lograron afrontar todo tipo de dificultades, abasteciéndose sin ayuda y sólo basados en sus propias fuerzas de imaginación o físicas.

Otro hecho inexplicable marcaba que a tan tremenda distancia separadora de ambas islas y sin comunicación alguna, Anahí conocía sobre la vida de Askar y a su vez Askar estaba seguro de la existencia de Anahí en la otra isla.

Separados e imposibilitados de contactarse, Anahí y Askar, se escribían sin lápiz ni papel, cartas que jamás enviarían ya que ninguno de los dos las recibirían o las llegarían a leer.

Inmersos en esa ilusión, la correspondencia invisible era lo único que los mantenía vivos, que sostenía su fe de encontrarse algún día , de conocerse y abrazarse.

Lo curioso del caso, es que Askar imaginaba los rasgos y las formas del cuerpo de Anahí como tal cual eran y del mismo modo, Anahí calcaba con fidelidad en su mente el rostro y la figura real de Askar.

En esa suerte de espejismo, reconociéndose a distancia, lo único que podía unirlos eran esas cartas que se escribían en el aire.

Un día, una tromba gigantesca giró enfurecida entre ambas islas provocando un oleaje como jamás se había visto a lo largo y lo ancho del océano Marásico. El fenómeno revolvió sorpresivamente el mar provocando un oleaje incontenible. Una de las olas avanzó arrolladora desde el sur, la otra demoledora desde el norte,. Cuando llegaron a la línea imaginaria que unía las islas de Dandalunda y Janaina, el choque de ambas fue imponente, produciendo el estruendo del derrumbe de una catedral de espuma y sal.

A los pocos días del mar recobró su serenidad habitual. Anahí y Askar, desde las orillas de sus islas, no podían salir de su asombro, al ver que la colisión de aquellas dos olas enfurecidas, había provocado el nacimiento de un sendero que sobresaliendo a manera de una espina dorsal de corales, arena y conchilla, como su fuera un puente interminable, se perdía en el horizonte, más allá de donde la vista se los permitía.

Sólo los pájaros podían constatar desde su vuelo, la existencia de alargado arrecife, que las olas habían construido formando un delgadísimo camino que unía ambas islas. Desde ellas, Anahí y Askar, empujados por la ilusión desesperada de encontrarse, espontáneamente se echaron a andar.

Trastabillando entre almejas, conchillas, arenisca o restos de crustáceos, guiados por la fe y misteriosamente comunicados, ambos acometieron su larga marcha hacia la interrogante, haciendo equilibrio sobre aquel andarivel de piso desigual cortante y peligroso.

Mientras avanzaban estaban seguros que en algún punto de la marcha se toparían. La ansiedad los llevó a superar las penurias aunque a los tres días de caminata, la sed comenzó a torturarlos. Al partir habían olvidado los caracoles que les servían de cantimploras y no habían previsto llevar alimentos. Cuando la noche impedía su andar y el sueño los dominaba, se sentaban al filo del sendero tomando cuidad o de no inclinarse para evitar caer al mar.

En la cuarta mañana, cuando las islas pasaron a ser apenas una sombra diminuta dibujada a sus espaldas, ambos se descubrieron. Anahí notó que a lo lejos un punto azulado se movía avanzando hacia ella. Al otro lado, Askar no dudó que era Anahí, la forma gris que aumentaba a medida que daba pasos largos para acelerar el encuentro.

De pronto se vieron más de cerca focalizándose y no pudieron evitar que los latidos de sus corazones, comenzaran a disparar de emoción.

Cuando sólo unos cien metros de distancia los separaban, constataron que físicamente eran tal cual se habían soñado y avanzaron decididamente hacia un encuentro que no podía demorarse.

Una leve capa de sudor hacía que sus cuerpos desnudos brillaran estimulados por el sol mientras en sus caras la felicidad se echaba a dibujar sobre los rastros del cansancio.

" ¡Stupa ray meske tupé…!" Exclamó ella envuelta en la nerviosidad, en una lengua que en ese momento descubrió que poseía.

En cambio Askar, deshabitado de idiomas o dialectos, al abrazarla no supo emitir palabra alguna y optó por gritar.

Totalmente debilitados por la penosa travesía, con los pies heridos y sangrantes, reconocieron su impotencia de regresar juntos a tierra. No dudaron en coincidir en su renunciamiento, entregándose en un abrazo desesperado fundido en una forma única que quedó balanceándose sobre los nudos de aquel cordón de resaca que el huracán había tendido entre ambas islas.

En el centro del océano Marásico, como si fueran los ojos de Dios, Janaina y Dandaluna, son hoy dos islas totalmente desiertas que guardan el secreto de esta historia escrita por Jemanjá, la diosa de las Aguas.

Sólo quienes las cruzan por avión, sise obstinan en observar a profundidad, pueden divisar desde lo alto, que sumergida bajo el agua se extiende entre ambas, una finísima línea que las une, como perpetuando la unión de Anahí y Askar, el día que se conocieron y se abrazaron para morir.

 

 

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