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Libro: ENTRE COLORES Y TAMBORES

Páginas: 240

Ilustraciones: A 1 COLOR

Medidas(cm.): 22,5 X 15,8 X 2

Peso: 445 GR.

Precio U$S: 40

 

 

Carlos Páez Vilaró, nos invita en este sugestivo libro a recorrer junto a él un largo viaje al interior de la negritud.

Apasionado desde su juventud por el folklore negro del Uruguay, pocos como él pueden llevarnos a conocer los secretos del candombe, este ritmo autóctono desprendido de las raíces africanas.

Si Páez Vilaró afirma que "la esclavitud del indio fue el prólogo de la esclavitud del negro" en su texto nos describe en crudo relato ( y por momentos conmovedor), los pasajes dramáticos (y sobrecogedores) vividos tanto por los habitantes originarios de nuestro continente, como por las poblaciones oriundas de Africa, en los días de la conquista.

En este libro, Páez Vilaró continuando la línea de su padre, el Profesor Miguel A. Páez Formoso, que fuera un profundo historiador, se animó - al costado de su apasionada labor de artista – a elaborar un documento singular que merece sumarse a los ya existentes como libros de consulta.

Sus páginas obedecen a una rigurosa pesquisa, basada en su experiencia de vida, en los múltiples estudios realizados por investigadores, narradores, folklorólogos o escritores interesados en el tema y ampliada finalmente en consultas a familias antiguas afro-uruguayas. Como resultado logró construirnos un valioso documento que se enriquece con su estilo tan personal de narrar.

"Entre colores y tambores", revela en "ordenado desorden",el pensamiento y el sentir de un artista, absolutamente consustanciado con la vida del negro en el Uruguay, sobre todo en sus ceremonias folklóricas. Podríamos decir que es el homenaje de un pintor a una raza, que al brindarle su generoso apoyo motivó su inspiración para realizarse como artista.

 

Capítulo de "Entre colores y tambores"

Capítulo I

CONQUISTA, SAQUEO Y VIOLACION

 

Dominado por una codicia sin límites, el europeo tatuó sobre la piel de su dignidad, una marca que continuará imborrable al paso de los siglos, como uno de los pasajes más repugnantes e inhumanos de la historia.

Sediento de cosechas de oro, soñando descubrir islas cubiertas de metales, con la excusa de anexar nuevos espacios y bajo las banderas del universo de la fe, puso el pie sobre una tierra libre y se la apropió arrasando con la vida y la felicidad de sus habitantes originarios.

El arribo de aquella flota misteriosa, que aleteando sus velas como extraños pájaros marinos, emergió de sorpresa desde atrás del horizonte, provocó el estupor y el temor de los indígenas, puso en vuelo el color de los guacamayos y provocó el chillido de los monos.

La música habitual provocada por los propios sonidos de la selva se quebró con el alarido, la estampida y la euforia de los invasores. El ámbito se pobló de graznidos de aves en alerta y animales en fuga, que se entremezclaban con las voces alcoholizadas y en triunfo de los invasores.

Protegidos por la floresta, los indios asombrados y en silencio, se escudaron detrás de los troncos de los viejos árboles para seguir paso a paso la maniobra de arribo de aquellos seres pertrechados, que bajaban desde el mar como extrañas tortugas con caparazón de lata.

Desbordados por el desconcierto su fantasía los llevó a considerar que estaban presenciando el arribo de otros dioses, ajenos a aquellos que los protegían desde las constelaciones. Estaban lejos de saber que se trataba de una tropa habilitada para el saqueo, compuesta de aventureros autorizados por su rey y reclusos de las prisiones.

Los avezados ocupantes, al lacrar sus botas en la arena presintieron que estaban siendo observados y comenzaron a desplegar toda su astucia para provocar el primer acercamiento sin correr riesgos. Tratar de ganar la confianza de los aborígenes, y atraerlos, exhibiéndoles a distancia todos aquellos objetos que podían tentarlos.

 

 

La euforia del festejo dio lugar al primer estallido del arcabuz. La muerte de los pájaros en vuelo fue uno de los puntos culminantes de la diversión. El humo y la pólvora llegaron hasta el asombro del nativo, que acostumbrado a su arco de flechas y la cervatana no podía dar crédito a lo que veía.

Desde el simple espejito, cascabel o collar de chuchería hasta sedas doradas o instrumentos de música, fueron utilizados para cautivarlos.

 

La maniobra, - ya archiprobada con éxito en otras invasiones -, tuvo resultados inmediatos. El indígena solo conocía el lujo que le regalaba la naturaleza, sus peces dorados alegrando el río o la belleza de su pajarería derrochando color sobre el verde. Era lógico que aquel despliegue de objetos encandilantes terminara por seducirlo.

 

Fue el primer triunfo del abordaje, el primer tanteo de la ambición para ejercer el dominio y la violación de la nueva tierra descubierta.

 

Los conquistadores se recompensaban de ésta forma, de las penurias soportadas en la soledad del mar, donde muchas veces corrieron los peligros de naufragar, las penalidades de la dificultad o las enfermedades. La apropiación de las tierras, su gente, animales, riquezas naturales y todo lo que encontraran a su paso, eran el trofeo que tanto habían ansiado y estaban bien dispuestos a disfrutarlo en todas su dimensión y a defenderlo con su propia vida si era necesario.

 

La codicia no tenía límites, la canalla era insensible para considerar y comprender el estilo de vida de las pacíficas aldeas y menos aún, reconocer y respetar a aquellos seres robustos de piel acerada como los auténticos dueños de la tierra que terminaban de ocupar.

 

La sed del conquistador era insaciable. Algunos se propusieron conservar al indio vivo y esclavizado hasta desentrañar el secreto de sus riquezas y poder alcanzar el corazón de los tesoros soñados. Entretanto explotar el poder sus físicos superdotados, para desarrollar las labores más sacrificadas, mientras mantenían el dominio de sus mujeres para sus placeres.

 

Otros, utilizaban estrategias diferentes, aún más criminales y salvajes. Una especie de "limpiar el campo" desde el inicio, para quedar libres en la acción. Enlatados en armaduras de protección y todas las ganas de robar, la abigarrada tripulación de violadores desde que pisaba tierra se abría cancha hacia el despojo, quemando caseríos, repartiendo a degüello, sablazos sin piedad o valiéndose del poder de la espingarda.

 

Entre huídas de vicuñas y guanacos, pájaros en confusión y alaridos de terror, las feroces cacerías duraban apenas un instante, pero con un resultado de frutos inmediatos. La pacífica población indígena que lograba sobrevivir a la masacre, sorprendida, herida en su orgullo y sin comprender, era sometida y obligada a aceptar el nuevo orden de vida que le señalaban en papeles que no podían descifrar.

 

Una nueva ley impuesta por señas o a fuerza de látigo. Reglamento sin piedad, que terminaba con la serenidad y armonía de sus vidas en familia. Que los ponía como animales de trabajo al servicio del invasor, les quitaba para siempre la libertad y les podaba el derecho de sentirse propietarios de su naturaleza.

 

Sus bosques majestuosos, sus ríos interiores, sus playas solitarias o las montañas de cumbres heladas, pasaron de inmediato a ser parte del acervo del profanador. Mientras tanto disponía de todas las mujeres para su recreación sexual y colmaba sus arcas con todo el arte, el oro y los metales preciosos que hallaba a su paso.

 

De esta manera, el indio, convertido en una herramienta ideal para la construcción de fortalezas, viviendas o el cuidado de las plantaciones, -atado de pies y manos- pasó a ser apenas un impotente protagonista de su propia tragedia.

No conforme con los resultados de su infernal acción y con el ánimo de aumentar su "mano de obra", el invasor, apuntó su catalejo y se lanzó a la cacería despiadada de los aborígenes que se habían salvado refugiándose en los bosques, en sus selvas cerradas o en los pliegos de sus cordilleras.

 

La tarea no fue fácil dado que el indígena contaba como aliada a la naturaleza y conocía todos los vericuetos que le permitían escabullirse.

Tampoco le resultaba fácil mantener sometida a una población rebelde, que había nacido enraizada en el lugar y que, disimuladamente desde su calvario, mantenía despiertas y en crecimiento, sus ansias de libertad o de venganza.

A ninguno de los expedicionarios de aquellos tiempos le fue fácil cumplir y completar su misión sin pasar por momentos de apremio en sus encuentros con los indígenas: los aventurados viajes de Colón; el de Ojeda, de la Cosa y Vespucio, cuando alcanzaron Venezuela; la llegada al Orinoco de Pedro Alonso Niño; Vicente Yañez Pinzón y Diego de Lepe, cuando tocaron los misterios del Amazonas.

Nicuesa, Balboa, Solís, Alvarado, Magallanes, Gaboto,Dávila, Elcano, Loaysa, Cortéz, Pizarro y tantos otros, desafiaron los océanos en misión conquistadora, sucumbiendo algunos en el camino o en acciones guerreras desparejas , donde al sable y la pólvora se oponían la pedrada y el flechazo.

Habilitado para degollar o estrangular, el profanador celebró sus logros en macabros festines en todas las regiones donde el indio había instalado sus vidas y desarrollado su cultura. Por su parte, el indio se dio el gusto de acompañar con sus rituales cada uno de sus triunfos, muchas veces culminados en pantagruélicos banquetes selváticos, basados en la degustación de los cuerpos del derrotado.

De todas maneras, los historiadores se encargaron lupa en mano de ahondar en los secretos del pasado.

Gracias a ellos el rompecabezas de las atrocidades comenzó a completarse aclarando las deformaciones y poniendo la verdad en la mente de las nuevas generaciones. Transformando en lanza la punta de su pluma, lograron informar sobre las atrocidades sufridas por nuestros indios en el pasado, inyectando vergüenza en las páginas de la historia.

 

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