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Libro: ALBERT SCHWEITZER

Páginas: 150

Ilustraciones: A 1 COLOR

Medidas(cm.): 24 X 17 X 0.8

Peso: 315 GR.

Precio U$S: 20

Ediciones Casapueblo, 1996.

Texto extraído del prólogo

"…En mi primer periplo, 1962, marcado en mi mente como un tatuaje, tuve la oportunidad de conocer al Dr. Albert Schweitzer y convivir con él en su leprosario fundado en las orillas del río Ogowe, corazón del África Ecuatorial.


El documento que coleccioné en ese pasaje, tanto escrito como fotográfico, quedó archivado en un baúl durante los años que me separan de aquel momento.

Los otros días, recorriendo librerías bonaerenses, en búsqueda de textos sobre la vida y el pensamiento del venerable benefactor, mi anhelo rodó por tierra y por más que hurgué en las estanterías, no pude satisfacer mis deseos.

¿Pudo el interés de los lectores haber agotado todas las ediciones? ¿O es que la despiadada aceleración de la vida en el nuevo tiempo y su en sensibilidad habían decretado la iniciación de una pausa de olvido?

Empujado por esto último, no dudé en quitarle el polvo a mi anecdotario de aventura y la humedad a mis negativos, tratando de unirlos en un pequeño libro.

De esta forma intento lanzar un chasque, dirigido principalmente a los jóvenes, como una manera de contribuir a que en los anaqueles del librero continúe en vigencia la presencia de aquel ser maravilloso que a treinta años de su muerte aún sigue proyectando luz.

Siguiendo la filosofía de dar que lo caracterizó, es que entonces me animo a extender a los demás mi experiencia de aquellos días, pensando al mismo tiempo que quedarme con ella sería un acto de egoísmo."

Carlos Páez Vilaró- Tigre, Buenos Aires, 1996.

 

Capítulo 5 "Encuentro sin palabras"

"..Un sendero sinuoso salpicado de animales domésticos, patos y gallinas, nos orientó hacia el corazón habitacional del nosocomio. Montado bajo la sombra refrescante de las exuberantes palmeras y los "okumé", enormes árboles nativos que lo escoltaban, a paso acelerado me fui acercando junto al pequeño grupo, dominado por la intriga de lo que iba a ser mi inmediato y primer contacto con el sabio alsaciano.

El techo del follaje era tan tupido que cuando en ciertos sectores el sol lo atravesaba, los haces de luz se definían fosforescentes, pinchando la tierra como si un guerrero los hubiera lanzado soplando su cerbatana.

Fue una caminata inolvidable, entremezclada por sonidos de aves en fuga y los aires de un tambor tan lejano como quejumbroso en manos de un ejecutante invisible. No dudo que la primera impresión del Dr. Schweitzer al abrir con su guadaña este camino, habrá tenido la misma intensidad que la mía . Sus ojos se habrán maravillado, al enfrentarse por primera vez, a esa catedral de verdes enriquecida por la música propia de la selva, el canto de las aves, el perfume de los cafetos, las palmeras de aceite o las plantaciones de vainilla.

La presencia en un costado sombrío y silencioso de dos tumbas que marcaban el camino a modo de mojones, nos hizo confirmar que estábamos en la antesala del arribo a la casa del honorable médico. Allí supe que en una de ellas descansaba su mujer, Helene Bresslau.

Enchapada en cinc ondulado, con sus canaletas de desagüe estiradas como largos bebederos, con las paredes revestidas de chapas de madera compensada y rodeada por una rastra de barandas, me esperaba la residencia del doctor.

Altas palmeras plumereando el cielo y un árbol centenario con su corteza conquistada por los hongos la rodeaban. Amontonados en desorden a un lado de la escalera, un montón de "containers" marcados con sus iniciales esperaban el momento de ser inspeccionados.

En los peldaños, dos gatos inmóviles dormitaban abrazados por la tibieza de la atmósfera, soñando con un destino de porcelana.

Apoyado a la baranda, con pantalón de hilo, camisa de manga corta y sombrero de corcho impecablemente blancos, el Dr. Schweitzer nos esperaba en silencio para darnos la bienvenida.

No tuve que acercarme para verificar que era él. Desde la distancia confirmé que era su imagen inconfundible la que nos estaba aguardando. Tal cual la había construido en mi mente, luego de ser divulgada por la prensa europea en relación a sus maravillosos conciertos como organista interpretando a Bach, tal cual la conocimos al trascender su conmovedora decisión de renunciamiento a todo para dedicar su vida a los enfermos desamparados o cuando se le distinguió con el premio Nobel de la Paz.

Se quitó el casco blanco y besó a su hija. De inmediato al saludarnos esbozó una sonrisa debajo de sus grandes y grises bigotes. Fue un momento de suspenso y nerviosismo, dominado por la indecisión de no saber cómo actuar ante la presencia de un santo.

No me animé a decir palabra alguna, cuando mis dos manos apretaron la de él. En ese instante me nació el deseo de abrazarlo,, pero el doctor me sorprendió tomando la iniciativa en demostración de afecto. Amaba a los artistas, y con ese gesto estaba distinguiendo a quien había recorrido media África para llegar hasta él.

Mientras encargó a sus colaboradores que nos atendieran y acomodaran nuestros bolsos el D. Schweitzer acompañó hasta la orilla del río a dos sacerdotes católicos que tenían su capilla al otro lado del Ogowe y que lo visitaban periódicamente para requerir su consejo o cambiar ideas sobre problemas de la comunidad.

Esa escena nos estaba demostrando la excelente relación que existía en el lugar entre los misioneros de las dos confesiones y ratificaba su manera de sentir: .."El problema más grave para la misión cristiana es cuando ésta se presenta en dos formas distintas: la católica y la evangélica. ¡Cuánto más bello sería el trabajo realizado en nombre de Jesús si esta diferencia no existiera y ambas iglesias no se hicieran la competencia."

 

 

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